Los pueblos primitivos reconocieron en la tierra la virtud de la reproducción y de la generación de la vida. Al sol, el cónyuge, el elemento dual para el fenómeno maravilloso que multiplica todo lo viviente y crea la especie humana. Desde la más remota antigüedad estos dos elementos han sido base de las religiones y han dado fundamento a la religiones posteriores. En el cristianismo, Jesús. hijo de un Dios que no es humano, es el héroe que ofrece su vida para la salvación de la humanidad. Al crear la religión que considera al hombre Hijo de Dios, el Redentor, da lugar al rito, a la adoración, a la aceptación de otro personaje de Gran Poder, María, la Madre (sincretismo).
¿Qué es, quién es la Madre? La Madre es la mujer que nos dio la vida, que asumió el compromiso de cuidarnos, que nos alimentó con el néctar de su cuerpo, que nos cuidó con esmero, minuto a minuto, día a día, en las diferentes y varias etapas del crecimiento. Que nos ayudó a mantenernos en pie, a sostenernos, a movernos, a adquirir todos los conocimientos básicos para que llegáramos a la edad en que la Ley de la Naturaleza nos separaría de ella, sin dejar de amarla, de bendecirla por su abnegación y darle las gracias por sus cuidados, que fueron tan eficientes que nosotros mismos también tomamos provecho de ellos.
La Madre que no se separa del hijo, que lo lleva en brazos, a cuestas o atado al cuerpo con un rebozo (ej. las indígenas). Cuida de nuestra salud, tanto de niños como de mayores, aun cuando hayamos formado nuestros propios hogares. Prepara en su cocina el platillo que gustamos desde niños, toma a los nietos, a los descendientes del hijo o la hija, como algo suyo, porque no puede reducir su amor, ni recortarlo al extenderlo sin distinción del número de generaciones que haya tenido que presenciar y vivir.
La dedicación, la generosidad, el desinterés que mueven a las Madres no tiene comparación. La esposa, desde antes de ser madre, rodea al esposo del calor y la adopción de la Madre, como preparación para cuando le toque el turno de cuidar a sus hijos. En este círculo infalible de la vida, la Mujer, en todo el sentido que demos a su vida, es el eje, el centro, la esencia del Amor, la Fidelidad, la Bondad, el Calor que une en el Hogar a la Familia.
El Día de las Madres es una dedicación convertida en negocio para que todos recordemos y en alguna forma, reconozcamos a nuestra Madre. Hay en el fondo una motivación sana. Pero, ¿qué tanto se puede hacer, que por lo menos en forma simbólica compense a la mujer que nos dio la vida, a Nuestra Madre? Muy poco. ¿Cómo podemos agradecerle siquiera espiritualmente, por la atención dedicada días y noches, a riesgo de su propia salud, para cuidarnos en las enfermedades, en los resultados de las caídas, en las angustias, que de niños nos hicieron llorar hasta por un juguete roto? ¿Se puede reintegrar la preocupación cuando no regresábamos a tiempo de la escuela, o del mandado que nos envió a hacer, o de los juegos a que asistíamos fuera o lejos del hogar?
De las noches que pasó casi sin dormir, pegada a la máquina de coser, para terminar los trabajos que no podía hacer de día, por atender necesidades y caprichos de los hijos. O la preocupación cuando los deberes en la oficina, el taller, o velando otros enfermos, la alejaban del hogar, mientras quedábamos al cuidado de la abuela que nos consentía y apapachaba, de la tía que nos regañaba o nos daba un coscorrón cuando no nos portábamos correctamente, o escandalizábamos, o simplemente no la dejábamos dormir la siesta, o atender las necesidades y exigencias de su propia familia.
A esa Madre de todas las Bondades, de todos los Sacrificios que para ella sólo fueron obligación natural exigida por el Amor, que sin medirse en forma alguna siempre estuvo pendiente de nuestras necesidades, caprichos, gustos y necedades, a la Madre Adorable, que muchos sólo podemos verla en la foto, porque ya ocupa un lugar donde viven los santos, y a las Madres ancianas que consienten a los nietos, y a las jóvenes que los disciplinan, los reprenden y los orientan, a todas, a esas Madrecitas que no sólo nosotros, sino todos los que las conocen admiran y veneran, a las Madres Buenas (no hay madres malas), les dedicamos, con todo cariño, este recuerdo, con el agradecimiento que merecen por las bendiciones que imparten.
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MIGUEL RAVELO
Mayo de 2005
Por Miguel Ravelo